Leyendas

  KULTA KUCHA

Alguien que vivía cerca del sector llamado El Tambo, comentó que los vio llegar bajo un sol timorato, que más tarde se ocultaría detrás de unas nubes negras, que amenazaban en el horizonte. Eran tres, en los días previos salieron de Tomebamba, viajaban con cierta frecuencia por el camino que los indígenas llamaban Kapac – ñan, porque vendían sus productos en el mercado del pueblo Jambato. Se turnaban para arriar una mula recia, que cargaba, entre algunas baratijas, una esplendorosa paila dorada que se destacaba del resto de la mercancía. 

Cuando llegaron al El Tambo, cerca del lugar en el que los colonizadores edificaron su primera iglesia, decidieron detenerse. Descargaron la mercancía de la mula. Con cuidado especial, los comerciantes colocaron la paila de pie, sobre la tierra, como si fuesen a cocinar.

Dormían sin perturbaciones, hasta que unas gotas de lluvia sin importancia humedecieron los páramos encantados, que se pintaban con todos los tonos de verde posibles. Uno de los comerciantes estaba soñando que llovía a cántaros en su Tomebamba olvidada, se desbordaron los cuatro ríos, y sin esperanza, fue arrastrado por la corriente de uno de ellos, que pudo haber sido cualquiera, sin embargo, fueron todos. De pronto, sintió unas gotitas inofensivas que le resbalaban por el rostro, le causaron un cosquilleo que terminó por despertarlo. 

La mercadería se estaba mojando. El comerciante recién despierto zarandeó con fuerza a sus amigos quienes despertaron alarmados. Pronto cayeron en cuenta del problema, de modo que, con apremio, recogieron todas las baratijas. Solo hasta entonces notaron que el agua de lluvia había llenado las tres cuartas partes de la paila. 

Había que rescatarla. De modo que los comerciantes se pusieron en cuclillas, respiraron hondo, prendieron con fuerza la oreja del utensilio y jalaron con todas sus fuerzas, pero no pudieron alzar la paila ni un centímetro. 

Luego, desenredaron una soga de cabuya de cinco metros, de un lado ataron la oreja de la paila, del otro la mula, verificaron si los nudos eran resistentes, entonces azuzaron al animal con todas sus fuerzas, hasta que les venció el cansancio: la paila no se movió. 

   Entonces fue cuando ayudaron los típicos curiosos, que estaban a pesar de las aguas. Trataron de alzar la paila haciendo fuerza entre todos, pero nada. Parecía que el utensilio pesaba lo mismo que el cerro de Cacha. 

Viendo que nada funcionaba, acudieron a las herramientas, los comerciantes conocían acerca del milenario descubrimiento de la palanca, pero dejaron de lado la idea cuando uno de ellos casi se rompe un brazo tratando de desatorar la paila, inamovible, empotrada en las tierras negras movedizas. 

Las gotas siguieron cayendo del cielo, fue una lluvia tenue pero constante.

La paila no se movía. Fatigados por los inútiles intentos, los comerciantes vieron impotentes como el agua desbordaba la concavidad del utensilio de forma lenta. 

El caudal del agua siguió aumentando con la lluvia, hasta que se formó un charco. Nadie dio una referencia cierta acerca de dónde fue que salieron unos patos migrantes, que aparecieron por todos lados y que se posaron sobre el cristal líquido. 

Derrotados por la naturaleza, a los testigos de este prodigio, no les quedó más remedio que sentarse a ver llover mientras se formaba KultaKucha.